jueves, 21 de septiembre de 2017

La vejez trans huele a soledad

Una sonrisa amplia  acentúa aún más los surcos que la vejez han tallado en su rostro cuando revela que tiene 67 años. Es transgénero femenina y, al haber alcanzado esa cifra, puede considerarse una superviviente.

La edad de Claudia, cuyo nombre de nacimiento y con el que se enfrenta al mundo es Ismael Yagual, duplica a la del promedio de vida de las mujeres trans en Latinoamérica, que no supera los 35 años.

La pena marchita su rostro masculino, en el que extiende el maquillaje con menos frecuencia que antes. Con cada paso que da hacia la vejez, deja atrás a la mujer que desde hace algunos años aparece solo en el desfile del Orgullo Gay o la que fantasea en la soledad de su hogar, usando atrevidos baby dolls que dejan entrever a su piel ajada.

Fuera de la puerta de su casa, en la que tintinean las campanillas de un atrapasueños cada que alguien entra o sale, es  Ismael. Su apariencia masculina le ha servido para combatir el dolor de la discriminación.

Las cifras que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) emitió en un informe sobre la violencia a las personas de la población de Gais, Lesbianas, Bisexuales Transexuales e Intersexuales (GLBTI), hace dos años, son devastadoras. El 80 % de las víctimas mortales de la transfobia, registradas en un período de 15 meses, no tenía más de 35 años. Quienes no vieron el fin en manos asesinas fueron empujadas a una muerte prematura por enfermedades venéreas o malas prácticas estéticas. 

Tal vez por eso la estilista guayaquileña no tuvo las agallas suficientes para ponerse senos o “aceite de caballo” como muchos de sus conocidos, que terminaron en una morgue en su afán por lucir femeninas con los pocos billetes que, oficios mal pagados o incluso la prostitución, les dejaban. 

En más de 300 páginas, la CIDH describe cómo la violencia dificulta las posibilidades de las mujeres trans para acceder a la educación, servicios de salud, albergues seguros y hasta un trabajo formal.

Ismael se quedó con su apariencia masculina para recorrer su camino hacia la longevidad, que ha estado cubierto por la neblina de la frustración. Cruzar la puerta hacia la ancianidad le costó ignorar el deseo, que aún la carcome, de verse por fuera como lo que es por dentro: una mujer. Pero es un sacrificio que también hizo por amor.

Se acomoda en el sofá de su peluquería, cruza las piernas y reposa sus manos de uñas renegridas sobre las rodillas. Así se prepara para viajar en el tiempo, para retroceder 62 años y volver a las deprimidas calles del suburbio de Guayaquil. 

A lo lejos ve a Ursulina, su madre, majando lodo, con la piel incandescente por el sol y esforzándose para cargar dos baldes repletos de agua desde una pileta, a dos cuadras de su casa.

A la pobreza extrema en la que creció se sumó la tuberculosis de su padre, quien murió cuando él tenía cinco años y obligó a su madre a lavar ropa ajena para darle de comer. “Imagínese si le decía lo que era (transgénero). Era otro sufrimiento para ella”. El quiebre de su voz aguda interrumpe sus recuerdos.

Ursulina murió en 2002 y se llevó a la tumba la ilusión de ver casado al último de sus cuatro hijos. Por primera vez, Ismael sintió el fantasma de la soledad respirándole en la nuca. Desde entonces, vive solo y ve pasar los días en un pequeño departamento de la Martha de Roldós, en el que los vestidos de mujer y los calzones están escondidos. Únicamente los usa cuando sube el volumen a las canciones de Claudia, de Colombia, la artista que inspiró su nombre.

En otro punto porteño, Kristel (nombre ficticio) coincide con su colega de profesión. Tiene 56 años y cree que la vejez aterra al mundo trans, no tanto por perder la tersura de la piel, sino por la melancolía del desamparo.

Despojarse de la apariencia varonil con la que había nacido también le costó. Pero, a diferencia de Ismael, el amor no fue un freno, sino el propulsor que la lanzó al quirófano cuando tenía 30 años.
La prueba de embarazo que su hermana sujetaba entre sus manos temblorosas dio positivo. Iba a ser tía. Las dudas clavaron un puñal a su dicha. “¿Cómo me verá el niño? ¿Me dirá tío, aunque me sienta una mujer?”.

Seis millones de sucres perfilaron su nariz, ensancharon sus caderas y glúteos, afinaron su cintura y le dieron un par de pechos hinchados.

Fue la mejor decisión de su vida, no solo porque su apariencia se homologara con su alma de hembra. Parada en el portal de la ancianidad, el cariño de sus sobrinos es el que evapora al espectro macabro de la soledad.

“Soy realista, a la gente mayor le es más difícil conseguir pareja. Pocos son los trans que terminan su vida acompañados. Lo que a uno le queda es la familia, los que te podrán pasar un vaso de agua cuando ya no puedas moverte”, reflexiona.

La tía Kristel es la favorita, la consentidora, la alcahueta y la que jamás les confesará que es transexual porque no piensa ser parte del 70,9 % de la población GLBTI que ha sufrido discriminación familiar en el Ecuador. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) preguntó a 2.805 personas si este rechazo había desencadenado en violencia por su inclinación sexual. El 61,4 % dijo que sí.

Por eso Ismael viajó cientos de kilómetros para convertirse en Milton Smith, su alter ego transformista, con el que brilló durante muchos años en las pistas de baile de Colombia, antes de que apareciera Claudia.

Tenía 18 años cuando el maquillaje, un sostén relleno y un vestido que él mismo confeccionó a base de cabuya, le permitieron verse como una jovencita por primera vez. Fue en Buenaventura, en el salón Monterrey, donde los extranjeros se aglomeraban para verla danzar.

Al menos durante los minutos que duraba su show se sintió plena. “Estaba a gusto, feliz de que me apreciaran vestida de mujer, de que me sacaran a bailar”, despierta del ensueño y le da una sonrisa a una clienta que entró a su peluquería y escucha atenta su relato.

“Antes había más discriminación, más peligro,  tuve miedo”, aclara enseguida, como justificando su actual apariencia masculina, que pierde a cuentagotas desde que saborea la longevidad.

Una sonrisa cuarteada, más por la nostalgia que por las arrugas, deja ver sus dientes deteriorados por el tiempo y suspira. Confiesa que guarda un vestido de novia, pero sabe que ya no lo lucirá frente a un altar.  
Sin embargo, se siente feliz cuando se imagina ataviada con la corona, el velo y un ramo enganchado a sus manos inertes sobre el pecho.

Quiere que la blancura de la tela resalte en la madera barnizada de su cofre mortuorio, que dentro de esa caja se evapore el cuerpo equívoco con el que nació y la eternidad reciba a la mujer que, durante su vida, se reprimió por temor a la soledad.

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Asilos para los Glbti y la soledad
Algunos países como España, Alemania y Estados Unidos  cuentan con geriátricos para adultos mayores homosexuales o de la población GLBTI. Pero Georgina Tanisha Feikers, presidenta de la organización Plan Diversidad, considera que esta clase de iniciativas supone una forma de discriminación.
Por eso sugiere que se cree un área específica para los miembros de la comunidad GLBTI dentro de los centros convencionales. 
“Así como no suelen estar mezclados los hombres con las mujeres, los transexuales deberían convivir en el mismo lugar, pero en habitaciones separadas”, destaca.
Para el psicólogo Juan Robles, lo ideal sería que pudieran integrarse con otros adultos mayores, aunque ve pros y contras en la creación de asilos específicos. “La gente que iría allí estaría más cómoda, pero segregada”, indica.
Sin embargo, Ismael resalta que este tipo de proyectos, donde no hubiera discriminación, sería un buen remedio contra la soledad. 
Juan Robles, psicólogo de diferentes organizaciones en favor de los derechos de la población GLBTI, explica que la ancianidad transexual puede estar llena de frustraciones y temores.
Entre otras cosas porque hay personas que, a lo largo de su vida, no consiguieron el cambio físico con el que soñaban.
El también docente universitario indica que la soledad es uno de los sentimientos que los atemoriza, al igual que la pérdida de lozanía, que relacionan con la dificultad de encontrar una pareja con quien culminar su vida. “El rechazo familiar muchas veces es irreversible”, detalla. Cuando una persona confiesa a sus parientes que es transexual y estos los discriminan o abandonan, se queda sin el núcleo de origen, lo que desestabiliza su vida. 

Gelitza

Este reportaje fue publicado por Diario EXTRA en septiembre del 2017. www.extra.ec

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